miércoles, 5 de diciembre de 2012

#EseMusgoNoEsMiViejoMusgoGreen

Hace varios meses que me debato entre mi ideología de ecologista radical y el orgullo, amor y devoción que siento por mi ciudad, Vitoria. La cosa viene de lejos y tiene que ver con algo de lo que estoy enamorado desde que lo vi por primera vez: el monumento de musgo con el logo de Vitoria que han colocado en la Virgen Blanca para conmemorar la Green Capital. Para mí esta escultura vale más que todos los cuadros del museo de Bellas Artes juntos, porque conjuga lo verde con mi patria. Y por eso, ahora que me he enterado de que lo van a dejar allí para siempre, se supone que debería estar más feliz que unas pascuas en Pascua.
Pero no, amigos míos, porque cierto periodicucho infame me amargó la existencia con una noticia sensacionalista en la que blasfemaban contra este objeto que me había provocado un amor socrático. Según afirmaba con descaro, rozando la ironía, ese pobre musgo habría sido arrancado de un entorno natural protegido y que no se podría regenerar. Es decir, que lo habían matado.
Pamplinas, dije yo mientras rompía el ejemplar de ese periódico, aterrando al malnacido que me había arrastrado a aquel bar para que le ignorase mientras leía la prensa matutina. Mi rabia se dirigió hacia esos provocadores, creyendo a pies juntillas que mi amada Green Capital no sería capaz de atreverse a cometer semejante atentado contra la naturaleza.
Pero ya no pude mirar con los mismos ojos a mi gran amigo. Pese a que debería estar verde y lozano gracias al maravilloso clima gazteiztarra, cada día estaba más seco y parduzco, como si de verdad estuviese muerto. Cuando me acercaba a hablarle, no me respondía, y al acercar la oreja no oía sus greenlatidos. Ostias, que igual tenían razón y mi musguito estaba sin vida...
Lloré como sólo lloran los amantes despechados, y juré velar el cadáver de mi amor durante toda la noche. Y fue en ese estado de vigilia cuando descubrí el verdadero motivo por el que no rebosaba frescura y felicidad. Fue al acercarse dos borrachos, desabrocharse la bragueta y empezar a verter sus apestosos orines sobre el monumento. Cabrones, me dije mientras sacaba las podadoras que me regaló mi madre y cortaba por lo sano esa afrenta, provocando los gritos de dolor de esos incivicos meones. Espero que aprendiesen la lección, los muy eunucos.
Me aterró pensar cuantas humillaciones así habría pasado el pobrecito, y ahora, cuando sé que lo van a mantener allí cual bufón, temo que la osadía se repita, o que cualquier borracho de mierda sea capaz de prenderle fuego. Y todo porque un alcalducho no quiere jubilar a la joya de la Green Capital.
Yo me ofrezco voluntario para adoptar al musguito y meterlo en mi terraza, dándole mimos los días que recuerde su patria, regándolo con agua mineral y cantándole nanas para que se duerma. Y si algún día acepta mi declaración de amor sincero, puede que sea el comienzo de una bonita amistad.
Pero, por favor, pido a la sociedad vitoriana que no me lo traumatice, que aún es pequeño, joven y débil. Que hay mucho salvaje suelto por ahí que no respeta a los musgos, cojones.
Espero que todos me apoyéis en Twitter con el trendong topic #NoViolesAlGreenMusgo para que la gente se conciencie. Gracias por hacerlo, porque si no... #PatadaEnLosCojones   
¿Cómo? ¿Que te lo llevas al restaurante de Argiñano? Argggg!! #PosTePartoLasPiernas  

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Venga, insulta a este pobre hombre, que sé que lo estás deseando...