Pocas cosas hay más tristes en esta vida que tener que pagar para que tus tuits se cuelen en los TL de la gente, y ahora mismo no me apetece enumerarlas. De lo que sí que quiero blasfemar hoy es de aquellas personas que se creen graciosas molestando a los demás, como vulgares spammers, cuando realmente no tienen vida propia de la que lamentarse. Gente que disfruta mamarrundiando para evitar fijarse en sus miserias y regodearse en su tristeza. Sujetos a los que me gustaría identificar para poder darles una gran #PatadaEnLosCojones.
Lo que voy a contaros es un suceso traumático que viví el pasado sábado, cuando disfrutaba de los placeres de un retiro voluntario en las cuatro paredes de mi salón. Los dioses habían escuchado mis plegarias y decidido hacer que ese mal amigo que me arrastra por las tabernas más infames se fuese con viento fresco a las incivilizadas tierras vizcaínas, por lo que tenía toda la tarde para gozar de la más absoluta soledad. Nada iba a romper mi proceso espiritual de interiorización de mi ser y su fusión con las películas de Antena 3, o al menos eso creía yo. Hasta que empezó el cruel acoso.
Yacía tumbado en mi cómodo diván con la mirada puesta en el mágico milagro de los filmes de serie B cuando un estruendo me hizo dar un salto. Esa música que sonaba al fondo de la casa era parecida a mi tono de móvil, por lo que hice una rápida deducción: me estaban llamando. Corrí hasta allí maldiciendo al inoportuno pelmazo, pero llegué tarde para contestarle de forma grosera. Joder, era una llamada con número oculto, por lo que no podía devolverle el gesto a cobro revertido para preguntarle qué ostias quería.
Arrastré mis zapatillas de osito panda de nuevo al salón, dispuesto a recuperar el tiempo perdido en mi estado reflexivo, y cuando ya rozaba la fase de las revelaciones místicas el mismo tono jodió todo. Me cabreé, por supuesto, y arrojando mi mantita naranja al suelo con rabia decidí ir a chillar a ese cabrón. Oh, cruel decepción, de nuevo llegué tarde y me encontré gritando al aire.
Debía poner remedio a este preocupante problema, y me puse a pensar como un ilustrado. La solución más fácil era apagar el teléfono, pero lo que más deseaba era saber quién era el responsable de esta molesta perturbación sensorial. Opté por cojer mi móvil y llevármelo al salón, dejándolo en un lugar que no me obligase a levantar mis generosas posaderas. Era un plan brillante, y como todas mis genialidades, dio resultado.
El número oculto volvió a llamar, y pude cogerle al instante. Al fondo se oían acordes de una música americana desfasada, tal vez de la década de los ochenta, y escamado pregunté.
- Si, ¿dígame?
Al instante se desató un infierno de sonidos guturales sin sentido, con palabras entonadas desde la borrachera más profunda en la que pude entender mi nombre, una alusión a que sacase el whisky y que la cosa era personal. Con miedo a que fuese una amenaza del cártel de Sinaloa y quisieran venir a casa a por mi whisky, colgué horrorizado y me santigüe. Porque mi whisky es mío, ostias, y no se lo doy ni a mi sombra.
Esa llamada me mantuvo en vilo toda la tarde, pendiente de la puerta. Me armé con las tijeras favoritas de mi madre y me escondí bajo la manta, dispuesto a resistir como un valiente cualquier ataque. Las horas fueron pasando, y nadie vino a beber a mi costa, gracias a Dios.
Fue a la hora de la cena cuando caí en la cuenta de que había sido víctima de una broma de mal gusto, posiblemente ocasionada por la reciente filtración de mi número de móvil a través de Twitter, junto al de centenares de mindundis que se creen alguien, estilo Pipí Estrada, Tomás Roncero y gentuza varia. No sabía quién podía estar detrás de semejante afrenta, pero por si lo descubro llevo maquinando mi venganza. Sólo os diré que interviene en ella un tío disfrazado de payaso, la escopeta de mi santa abuela y mi juego de rottrings de punta orgasmatic.
Si alguno de vosotros sabe algo de este misterioso suceso, que me lo diga, cojones, o si no lo muelo a ostias. Aunque empiezo a creer que todo esto es una conspiración del club Bildergber para que yo no pueda llegar al estado de máxima plenitud de las enseñanzas budistas. Joder, voy a tener que pagar la coca.
Gracias por haberme aguantado. Mañana, más largo y peor. Léetelo si tienes huevos.
#ComoTeMetasConIBBGasteizTeDejoSinPostre
| Tengo ciertas sospechas de quién pudo ser el de la broma pesada... |
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Venga, insulta a este pobre hombre, que sé que lo estás deseando...